martes, 28 de octubre de 2008

Menorca. La cuenta pendiente.

¿Que es surfeable y qué no lo es? A menudo, depende de como te pille. Estando a tres cuartos de hora a pie de ninguna parte, solo, con un Mediterráneo encabritado mostrando las fauces de un bicho vete a saber si aún por desvirgar, sin un alma que pueda siquiera ser testigo de una insensatez como la que se me pasa por la cabeza, pues hombre. De entrada, puñetera gracia.

Menorca me la tiene jugada. Hace años que la frecuento y me debía una, o más. Hartos estamos los que vivimos pendientes del charco mediterráneo viéndola siempre, sea cual sea la dirección del temporal, ahí, bien metidita en el ajo. Y ahí estaba yo esta vez, bien metidito también. Aunque no había caído en la cuenta de que visto desde aquí, desde el ajo, las cosas pintan bien distintas. Mi relativo conocimiento de la isla, más que para garantizarme el surfing, me serviría para ahorrarme algunos kilómetros de frustraciones. A partir de ahí, carta náutica bajo el brazo, carretera, camino y manta.

Levante. Bendito seas. El primer levante de verdad del invierno, aunque tampoco es la panacea. Mar de levante, viento de levante: o sea, a buscar abrigo tras algún cabo, alguna bahía resguardada. De aquí para allí y vuelta para acá, pateando luego lo que quedó por ver entre aquí y allá. La isla no es tan grande, joder, ¡tiene que haber algo! Lo hay, seguro. Lo sé. Hay olas que parecen querer, pero no pueden; otras veces soy yo quien quisiera, pero no me decido. Madrugón tras madrugón, pateadas, saltos de muros y verjas –¡que afición le tienen los menorquines a cerrar caminos!–, al fin encuentro lo perdido. Desde el otro lado de la bahía, un ojo coqueto me mira; se abre, se cierra, desaparece. Y otra vez. Eres mía. Pinta controlable y la salida también, así que pa lagua. Primera cruz en el mapa, la cosa marcha.

Estas ovejas parecen no estar demasiado acostumbradas a la presencia humana, a juzgar por su huída en estampida. A saber lo que habrán visto caer sobre esa lastra las muy borregas. Hoy cielo y mar se funden en un gris oscuro que acojona. Parece que se va a desplomar el firmamento en cualquier momento, aunque al final solo acaba por caer el agua que no ha caído en un año. Me olvido de ese pedazo de pico que tuve el placer de descubrir hace unos cuantos años, pues hoy se muestra más cabrón de lo habitual. De nuevo, lo remoto y arriesgado de la situación, unido a mis responsabilidades terrenales, me llevan a desistir. Ya de vuelta, en un gesto no tanto de esperanza, sino más bien de pura desconfianza mediterránea, echo un vistazo donde no debería haber nada. Pero lo hay: una derecha se arrastra larga, perpendicularmente a lo largo de un pequeño acantilado, dejando atrás la misma playa en la que jugábamos con mis hijas hace dos días. El agua, habitualmente turquesa, se tiñe de un marrón familiar, el mismo que lucen las playas de mi querida Barcelona. Está pequeño, un tablón sería lo suyo, pero el fish me vale. Pa lagua. Con lluvia y viento, yo solo, aquí, en medio de lo que me parece el lugar más increíble de la tierra, vibro. No está perfecto, ni siquiera apetecible para mis estándares habituales, que ya es decir. Pero yo hoy, juro que he sido el más feliz.

El alpinista se fija una cima concreta como objetivo, escogiendo la ruta de ascenso más sugerente. Yo, en cambio, carezco de objetivo conocido, no sé si existe siquiera. A veces me pregunto si esta búsqueda frenética no es más que una vil excusa para encontrarme perdido y sin rumbo. Porque en el proceso, desprendido de todo, me impregno de todo. Niebla y escarcha, tenues luces y contraluces. Silencio. No siento nada y lo siento todo. Ni yo me entiendo, o de tan simple que lo entiendo todo.

A la playa con la familia. Cubos, palas, pelota y ¿tabla? No, para qué. El mar sigue pasado de rosca en el norte, y vamos al sur. Allí el agua muestra un azul turquesa que ni Fidel conoce en su sometida Cuba. El mar está tieso tieso, a excepción de unas leves líneas que marchan lentas hasta alcanzar cierto punto crítico, donde se precipitan dulcemente sobre sí mismas formando perfectos cilindros de cristal con más matices de azul de los que en realidad existen. ¿A santo de qué vienen estas líneas? El caso es que vienen. Que por si no me acordaba, estoy en el Mediterrráneo y de esto va el cuento. O sea que pa casa: coje la tabla, vuelta a la playa, pa lagua. Aunque de tamaño muy escaso, son auténticas golosinas. Ese azul, esas transparencias de escándalo, me han quedado grabados en la retina.

Vuelta al salto de vallas, hasta un poco más lejos esta vez ya que voy sin bártulos. Hoy las ovejas ni se han inmutado. Quizá sean las mismas del otro día que me han reconocido, que se han venido a ver otro espectáculo. Por mi parte, ni idea de que existiera este sitio. No doy abasto. Una lastra canaria parece que se ha desprendido de su tierra natal y ha acabado por embarrancar en un extremo de esta preciosa bahía. Una izquierda brutal, agresiva y muy seca ella. Y no está sola. Otra izquierda, esta más tranquila, aunque quizá más grande. Al otro lado, una derecha, y parece larga. ¿Es posible? Lo sería si estuviera en Irlanda, pero no: esto es Menorca. La Menorca que yo intuía y no encontraba. ¿Dije que puñetera gracia? ¿Acaso no es esto lo que soñaba encontrar? Simplemente con verlo me es más que suficiente. Más de lo que había venido a buscar. Estoy tranquilo, Menorca, quedamos en paz.

By RedFish

domingo, 19 de octubre de 2008

Pequeñas pero esenciales cosas del surf

No lo soporto más. Juro no volver a leer otro más de esos típicos artículos que vienen en toda revista de este mundillo, en los que el autor se pone a ensalzar las otras bellezas de nuestro ecológico deporte acuático.

Que si el surf empieza con esos primeros rayos dorados de sol sobre los montes, iluminando mágicamente miles de gotitas llevadas por la brisa mañanera. O que si el placer de pisar la hierba mojada, mientras corres por aquel sendero secreto para encontrarte con esa cala solitaria, acompañado por ovejitas pastando y un delfín juguetón para compartir la sesión.

Resulta insultante, al menos para un surfer urbano como yo. ¿Urbano? No solamente urbano, sino residente en una de las costas con más ladrillo por metro cuadrado de Europa, y da la sensación que de todo el mundo. Eso no significa otra cosa que, para ver algo verde, me tengo que meter en una verdulería. Y que para que los primeros rayos matutinos me cieguen los ojos alguien tiene que haberse llevado primero la contaminación barcelonesa a otra parte. ¿Y qué hay del frescor que siente uno en la planta de los pies, no a causa de la hierba amablemente escarchada, sino debido al perpetuo e inerte cemento? ¿Y ese olor a petróleo y aceite que me impide pegarme un desayuno como Dios manda antes de meterme al agua, si no quiero potar hasta la última gota de mis queridos jugos gástricos?

Joder. Ya se que las Mentawaii existen y que en este preciso instante hay como cuatro millones de olas rompiendo perfectas y solitarias por todo el planeta. Me ha costado veinte años aprender a no enloquecer pensando en ello y a no martirizarme por haber nacido frente a un aburrido charco. Lo que ya es el colmo es que cada dos por tres, y con lo consumidor compulsivo de revistas que soy, cual metadona al yonki, alguien me recuerde que debo aprender a valorar esas pequeñas cosas cotidianas que nos rodean. Porque al menos a mi, no me rodean, más bien me quedan lejos. Muy lejos. Para ser exactos me quedan en el Cantábrico, a siete horas de casa. Y qué casualidad que justo ahí, donde piso la hierba mojada nada más bajar del coche y donde un suave offshore matutino me trae los aromas del monte, hay un izquierdón que espera, perfecto, a que algún catalán lo desvirgue.

Para mí, esas otras cosas son LAS cosas del surf. Es el surf en sí mismo. Y el que no se haya dado cuenta aún o no lo valore lo suficiente, me podría ir haciendo el favor de salirse del pico e irse a jugar al futbolín del pueblo, donde seguro se lo pasará mejor. Ya le pagaré yo una caña, o dos si consigo hacerme con la ola del día.

sábado, 18 de octubre de 2008

El otro surf

Este artículo salió publicado en un número de la revista Cutback.
Un proyecto frustrado de colaboración que por desgracia acabó en nada.

No son pocas las veces que, en el transcurso de una sesión en mi querido Mediterráneo, me sorprendo diciendo para mí –esto no es más que un sucedáneo del surf–. También suelo decírmelo tras haberme pasado unas buenas horas delante del ordenador, tratando de averiguar cuándo el periodo de la marejada (si es que se le puede llamar así) que nos azota rebasará la, para nosotros, mítica barrera de los seis segundos como quien espera que rompa Belharra.

El surf hoy ha alcanzado unas cotas de popularidad en todo el mundo que roza lo ridículo. El exagerado número de practicantes que encontramos hoy en las costas barcelonesas resulta esperpéntico, especialmente teniendo en cuenta las pésimas condiciones que nos brinda este rincón del charco, peores aún que en las Baleares, Cerdeña o Italia. Aunque para esos tipos que se dedican a surfear olas provocadas por superpetroleros en Texas, el Medi debe ser algo así como las Mentawaii. Por no hablar de mi amigo Doug que vive en la península de Green Bay, Lake Michigan, donde asegura que hay un point de izquierdas que puede aguantar lo que le echen, aunque no lo ha visto nunca con más de medio metrillo. Incluso yo mismo he visto romper algún tubito en un lago del Pirineo a más de 2.000 m. de altura, y estoy seguro que con un tablón sería incluso surfeable. No descarto algún día calzarme las trekking, atarme la tabla a la mochila y tirar pal monte a catar el espot, con el mismo espíritu explorador que llevó a Kevin Naughton en busca de nuevas olas en las costas remotas de Sierra Leone o Liberia, allá los setenta.

Esto no es el Medi, pero como si lo fuera...

¿Puede el mero hecho de deslizarse sobre una ondulación líquida ser considerado como surf? Yo digo que sí, rotundamente sí. Es surf porque cuando me deslizo sobre una ola me siento vivo. Simplemente por eso, que no es poco. En una playa contaminada de la Barceloneta o en el último rincón de Sumba, me siento igual de vivo. Pocas cosas en la vida son capaces de provocarme ese sentimiento, menos aún de forma tan inmediata y mecánica. Me meto en el agua y tras la primera ola, ese anhelado sentimiento me embarga las entrañas. Y me importa un carajo si las olas las ha provocado un tormentón a doscientos metros de la costa, un barco de la Trasmediterránea o el pedo de un siciliano. Y como yo, supongo que todos los mencionados nos sentimos igual de vivos aunque, también aquí, algunos malinterpreten ese subidón vital cual revelación divina, o satánica, autoproclamándose amos del pico y defendiéndolo a gruñidos y ladridos. Otro punto en común para llamarnos surfers. Convencido estoy que alguno de esos tejanos habrá reinventado el localismo haciéndose amo y señor de toda ondulación provocada por el petrolero Prince of Bush (imaginando un nombre más que probable), rumbo a la refinería.

Vale, si, ok... pero cuando cuadra, qué ¿eh?

Luego viene el mono, y en esto superamos a cualquiera. Parece que algunos llevamos un gen que nos hace sentirnos irremediablemente atraídos hacia lo escaso y lo raro. No logro comprenderlo. ¡Con la de malos rollos que me hubiera ahorrado yo y mi familia de haberme atraído el fútbol, como lo hacen sopotocientos millones en todo el mundo! Y encima, el día que está bueno, no está lo suficiente grande, o el banco podría estar mejor formado o, ya puestos, en vez de arena podría haber coral. Y para colmo de males, va y el siciliano aquel se tira el pedo dirección Baleares y el consecuente oleaje pasa frente a nuestras narices, rumbo sur. También el otro surf tiene eso, y es que no se puede tener todo. Ni en el Mediterráneo, ni en el Cantábrico, ni en el lago Michigan.

viernes, 17 de octubre de 2008

Otro blog surfero más. ¿A alguien le importa?

Seguramente muchos de vosotros no me conoceréis. La mayoría, supongo. Quizá me hayáis visto algún baño en la Caleta de Montgat, bien pegadito al espigón, con mi fish rojo. Soy el mismo que hasta hace cuatro años andaba gorreando olas con un bodyboard, normalmente a dropknee, en cualquier pico que rompiera con algo de fuerza entre Segur de Calafell i la Costa Brava. Vamos, que en cualquier parte.

Actualmente mi radio de acción excluye todo lo que quede entre Badalona y Segur de Calafell. En efecto, para mí, Barcelona ya no existe. La depresión que me causa el teatro-fashion que se está montando allí no merece la pena; ni que te rebienten el coche a los 5 min de meterte al agua, o que te vacíen la cartera en el parquing.
Ahora el corcho forma parte de un quiver más amplio. Desde hace cuatro años ando en tabla, como consecuencia de una depresión causada por olas huecas y fuertes. Si no dejé el surf fué gracias a la hidrodinamica y a la física. En otras palabras: le pedí a Tincho Asarián que me hiciera una tabla muy concreta, ancha y gorda, "más de lo que nunca hayas hecho" le dije. Y la cosa acabó en un twinfish 5'10" muy retro. Y empecé a disfrutar de nuevo como un niño, como en mi primer día. Entraba con todo, lo pillaba todo por pequeño que fuera, y me reenganché. Pronto me veréis también los días en los que no hay nada, ya que he recuperado el manual de hidrodinámica y he concluído que con un portaviones 9'4" ya no me va a sacar del agua ni la patrullera.

Lo del blog... pues, a parte de porque me da la gana, me viene a cuento porque me he dado cuenta de que son ya 20 los años remojándome en mi queridodiado charco. 20 años que, sigo sin comprender el porqué, no han conseguido quitarme el mal vicio de surfear. Si, muy mal vicio, aunque con el paso de los años bien llevado, menos mal.

La esperanza es lo último que se pierde. Foto cedida por Norman Perdigó (es sin duda la secuencia de fotos más increíble, memorable y emotiva que me han hecho nunca. Gràcies Norman!).

Digo mal vicio porque fué motivo de crisis familiares de gran calibre, matrimoniales también; de campanas y cambios de planes injustificables; de montones de mentiras ruines y el causante de mi total pavor al compromiso. Todo por el surf y por un Mediterráneo que no regala nada. Más bien todo lo contrario. Todo por unos escasos momentos de algo que lamentablemente no he logrado encontrar en ninguna otra actividad. Como mínimo, no con esas dosis de pureza que proporciona deslizarse por una maldita ondulación líquida. Ni asfalto, ni nieve, ni aire, que vienen a ser para el surfer como la metadona al yonky. Por lo visto solo me vale lo líquido, y encima salado, que ya podría haber sido dulce.

Para colmo no me enganché por ninguna moda, aún tendría explicación mi caso. No, lo mío venía en los genes, lo tengo claro. No había otra. El día que coincidí con otros chalaos haciendo lo mismo que yo en la playa les di una alegría mayúscula a mis padres. Y descartaron el manicomio.

El tamaño no importa. Foto: Steph

¿Porqué el surf? ¿Porqué aquí, en el Mediterráneo? ¿Y porqué justo aquí, en la costa catalana, seguramente la peor orientación de todo el maldito charco?

Pero no, no he acabado por cortarme las venas, ni voy a hacerlo ahora. Me costó, pero acabé por aceptar la realidad e intentar conceder al surf un lugar justo en mi vida. Lo bastante presente como para no caer en un permanente estado de apatía y autoabandono, pero lo suficientemente ausente como para que la frustración constante no me despierte alguna tendencia suicida. Ése es mi logro: haber encontrado un estante en mi desordenado cerebro en el que archivar mi espina del surf.

Bien venidos a Líneas desde el charco.

Sergi Galanó, RedFish