Menorca me la tiene jugada. Hace años que la frecuento y me debía una, o más. Hartos estamos los que vivimos pendientes del charco mediterráneo viéndola siempre, sea cual sea la dirección del temporal, ahí, bien metidita en el ajo. Y ahí estaba yo esta vez, bien metidito también. Aunque no había caído en la cuenta de que visto desde aquí, desde el ajo, las cosas pintan bien distintas. Mi relativo conocimiento de la isla, más que para garantizarme el surfing, me serviría para ahorrarme algunos kilómetros de frustraciones. A partir de ahí, carta náutica bajo el brazo, carretera, camino y manta.
Levante. Bendito seas. El primer levante de verdad del invierno, aunque tampoco es la panacea. Mar de levante, viento de levante: o sea, a buscar abrigo tras algún cabo, alguna bahía resguardada. De aquí para allí y vuelta para acá, pateando luego lo que quedó por ver entre aquí y allá. La isla no es tan grande, joder, ¡tiene que haber algo! Lo hay, seguro. Lo sé. Hay olas que parecen querer, pero no pueden; otras veces soy yo quien quisiera, pero no me decido. Madrugón tras madrugón, pateadas, saltos de muros y verjas –¡que afición le tienen los menorquines a cerrar caminos!–, al fin encuentro lo perdido. Desde el otro lado de la bahía, un ojo coqueto me mira; se abre, se cierra, desaparece. Y otra vez. Eres mía. Pinta controlable y la salida también, así que pa lagua. Primera cruz en el mapa, la cosa marcha.
Estas ovejas parecen no estar demasiado acostumbradas a la presencia humana, a juzgar por su huída en estampida. A saber lo que habrán visto caer sobre esa lastra las muy borregas. Hoy cielo y mar se funden en un gris oscuro que acojona. Parece que se va a desplomar el firmamento en cualquier momento, aunque al final solo acaba por caer el agua que no ha caído en un año. Me olvido de ese pedazo de pico que tuve el placer de descubrir hace unos cuantos años, pues hoy se muestra más cabrón de lo habitual. De nuevo, lo remoto y arriesgado de la situación, unido a mis responsabilidades terrenales, me llevan a desistir. Ya de vuelta, en un gesto no tanto de esperanza, sino más bien de pura desconfianza mediterránea, echo un vistazo donde no debería haber nada. Pero lo hay: una derecha se arrastra larga, perpendicularmente a lo largo de un pequeño acantilado, dejando atrás la misma playa en la que jugábamos con mis hijas hace dos días. El agua, habitualmente turquesa, se tiñe de un marrón familiar, el mismo que lucen las playas de mi querida Barcelona. Está pequeño, un tablón sería lo suyo, pero el fish me vale. Pa lagua. Con lluvia y viento, yo solo, aquí, en medio de lo que me parece el lugar más increíble de la tierra, vibro. No está perfecto, ni siquiera apetecible para mis estándares habituales, que ya es decir. Pero yo hoy, juro que he sido el más feliz.
El alpinista se fija una cima concreta como objetivo, escogiendo la ruta de ascenso más sugerente. Yo, en cambio, carezco de objetivo conocido, no sé si existe siquiera. A veces me pregunto si esta búsqueda frenética no es más que una vil excusa para encontrarme perdido y sin rumbo. Porque en el proceso, desprendido de todo, me impregno de todo. Niebla y escarcha, tenues luces y contraluces. Silencio. No siento nada y lo siento todo. Ni yo me entiendo, o de tan simple que lo entiendo todo.
A la playa con la familia. Cubos, palas, pelota y ¿tabla? No, para qué. El mar sigue pasado de rosca en el norte, y vamos al sur. Allí el agua muestra un azul turquesa que ni Fidel conoce en su sometida Cuba. El mar está tieso tieso, a excepción de unas leves líneas que marchan lentas hasta alcanzar cierto punto crítico, donde se precipitan dulcemente sobre sí mismas formando perfectos cilindros de cristal con más matices de azul de los que en realidad existen. ¿A santo de qué vienen estas líneas? El caso es que vienen. Que por si no me acordaba, estoy en el Mediterrráneo y de esto va el cuento. O sea que pa casa: coje la tabla, vuelta a la playa, pa lagua. Aunque de tamaño muy escaso, son auténticas golosinas. Ese azul, esas transparencias de escándalo, me han quedado grabados en la retina.
Vuelta al salto de vallas, hasta un poco más lejos esta vez ya que voy sin bártulos. Hoy las ovejas ni se han inmutado. Quizá sean las mismas del otro día que me han reconocido, que se han venido a ver otro espectáculo. Por mi parte, ni idea de que existiera este sitio. No doy abasto. Una lastra canaria parece que se ha desprendido de su tierra natal y ha acabado por embarrancar en un extremo de esta preciosa bahía. Una izquierda brutal, agresiva y muy seca ella. Y no está sola. Otra izquierda, esta más tranquila, aunque quizá más grande. Al otro lado, una derecha, y parece larga. ¿Es posible? Lo sería si estuviera en Irlanda, pero no: esto es Menorca.
By RedFish










