sábado, 18 de octubre de 2008

El otro surf

Este artículo salió publicado en un número de la revista Cutback.
Un proyecto frustrado de colaboración que por desgracia acabó en nada.

No son pocas las veces que, en el transcurso de una sesión en mi querido Mediterráneo, me sorprendo diciendo para mí –esto no es más que un sucedáneo del surf–. También suelo decírmelo tras haberme pasado unas buenas horas delante del ordenador, tratando de averiguar cuándo el periodo de la marejada (si es que se le puede llamar así) que nos azota rebasará la, para nosotros, mítica barrera de los seis segundos como quien espera que rompa Belharra.

El surf hoy ha alcanzado unas cotas de popularidad en todo el mundo que roza lo ridículo. El exagerado número de practicantes que encontramos hoy en las costas barcelonesas resulta esperpéntico, especialmente teniendo en cuenta las pésimas condiciones que nos brinda este rincón del charco, peores aún que en las Baleares, Cerdeña o Italia. Aunque para esos tipos que se dedican a surfear olas provocadas por superpetroleros en Texas, el Medi debe ser algo así como las Mentawaii. Por no hablar de mi amigo Doug que vive en la península de Green Bay, Lake Michigan, donde asegura que hay un point de izquierdas que puede aguantar lo que le echen, aunque no lo ha visto nunca con más de medio metrillo. Incluso yo mismo he visto romper algún tubito en un lago del Pirineo a más de 2.000 m. de altura, y estoy seguro que con un tablón sería incluso surfeable. No descarto algún día calzarme las trekking, atarme la tabla a la mochila y tirar pal monte a catar el espot, con el mismo espíritu explorador que llevó a Kevin Naughton en busca de nuevas olas en las costas remotas de Sierra Leone o Liberia, allá los setenta.

Esto no es el Medi, pero como si lo fuera...

¿Puede el mero hecho de deslizarse sobre una ondulación líquida ser considerado como surf? Yo digo que sí, rotundamente sí. Es surf porque cuando me deslizo sobre una ola me siento vivo. Simplemente por eso, que no es poco. En una playa contaminada de la Barceloneta o en el último rincón de Sumba, me siento igual de vivo. Pocas cosas en la vida son capaces de provocarme ese sentimiento, menos aún de forma tan inmediata y mecánica. Me meto en el agua y tras la primera ola, ese anhelado sentimiento me embarga las entrañas. Y me importa un carajo si las olas las ha provocado un tormentón a doscientos metros de la costa, un barco de la Trasmediterránea o el pedo de un siciliano. Y como yo, supongo que todos los mencionados nos sentimos igual de vivos aunque, también aquí, algunos malinterpreten ese subidón vital cual revelación divina, o satánica, autoproclamándose amos del pico y defendiéndolo a gruñidos y ladridos. Otro punto en común para llamarnos surfers. Convencido estoy que alguno de esos tejanos habrá reinventado el localismo haciéndose amo y señor de toda ondulación provocada por el petrolero Prince of Bush (imaginando un nombre más que probable), rumbo a la refinería.

Vale, si, ok... pero cuando cuadra, qué ¿eh?

Luego viene el mono, y en esto superamos a cualquiera. Parece que algunos llevamos un gen que nos hace sentirnos irremediablemente atraídos hacia lo escaso y lo raro. No logro comprenderlo. ¡Con la de malos rollos que me hubiera ahorrado yo y mi familia de haberme atraído el fútbol, como lo hacen sopotocientos millones en todo el mundo! Y encima, el día que está bueno, no está lo suficiente grande, o el banco podría estar mejor formado o, ya puestos, en vez de arena podría haber coral. Y para colmo de males, va y el siciliano aquel se tira el pedo dirección Baleares y el consecuente oleaje pasa frente a nuestras narices, rumbo sur. También el otro surf tiene eso, y es que no se puede tener todo. Ni en el Mediterráneo, ni en el Cantábrico, ni en el lago Michigan.

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