lunes, 1 de diciembre de 2008

Si no te van los campeonatos, no tienes por qué leer esto

Líneas desde el Charco no es un espacio para disertar sobre asuntos de actualidad. Mas bien al contrario, pretende hurgar en lo que queda de los típicos tópicos surferos, después de que éstos hayan pasado por el pasapurés mediterráneo. Sin embargo, el sábado 19 de noviembre sucedió algo en las playas de Badalona que DEBE ser contado, aunque sea haciéndolo desde mi punto de vista particular.

Durante mi pasado corchero organicé varios campeonatos de bodyboard, e incluso un par de ediciones de lo que llamamos Circuït Català de Bodyboard. Sé, por lo tanto, lo que tienen sobre las espaldas estos muchachos de la Escola Catalana de Surf. También sé que les habrán echado mucha mierda, aunque tanto da porque se ve que los tienen bien puestos. Ahora bien, la liaron tan gorda el sábado y fue todo tan bien, que a ver qué metas se marcan ahora estos tíos.

Para mi todo empezó el miércoles con unas llamadas de Abel (el comandante en jefe del asunto). Mírate estos partes, decía. ¡Uf! Yastamos… Nordeste el viernes, suroeste el sábado. Si nada cambia, olas va ha haber, pero no veo nada claro que el Medi sea capaz de ofrecer nada decente con un cambio de mar de 180º en tan sólo 12 horas. Al menos el viento pinta bueno. Al final argumento que por mí, adelante, que el circuito consta de tres pruebas y que no se puede aplazar eternamente. Hay que arriesgar. En la ECS piensan lo mismo y se pone el tema en marcha.

El viernes, bañazo en casi todas partes, así que para qué contarlo. Al anochezer aún rompían series de un buen overhead y medio, pero las 7am del sábado el mar ha muerto. La cagamos por 6 horas, eso pensé. Lo poco que entra aún es del nordeste, aunque el viento es bueno y salen unos tubitos de caramelo. En el Club Nautico de Badalona amanece con la pancarta de la ECS rasgada a navajazos. Lo reparan con cinta adhesiva y siguen los preparativos con más ánimo aún.

Noto algo raro en el ambiente, siento como si todo esto no me fuera nada familiar. Pero debería serlo. ¿O no? Caigo en la cuenta cuando un chavalín me pregunta si yo compito. Respondo que claro, al tiempo que algo me sacude fuerte el cuerpo. Ahí estoy yo, a mis 34 tacos, casi doblando la media de edad de los participantes. ¡Joder, Peter Pan! Pues sí, ¿y qué? A defender el pabellón de los veteranos, que por alguna parte empezó todo y no quiero que estos nenes lo olviden. Esa será hoy mi motivación.

El mar está precioso y parece que cada vez viene menos del este, y cada vez más del sur. El tiempo, revuelto y loco, con chaparrones y rayos de sol. El traje se lo pone uno en un vestuario, como los futbolistas, y se lo quita también ahí, pero debajo de un chorro de agua caliente. Oí decir que había un yacuzzi, pero no me molesté en buscarlo. En cambio sí que eché en falta una barbacoa o comida calentita, ya puestos a pedir. La primera manga la paso de primero, porque consigo hacerme un floater irrisorio. Y no es que los demás no andaran, si no que no ha entrado nada surfeable. Mi siguiente manga es dentro de mogollón de mangas, aunque se suceden con tal velocidad que al final me descuento y entro cuando mis rivales ya están surfeando. ¡No puede ser! ¿Y la dignidad del club de los treintayplus que me había autocomprometido defender? Me he dado cuenta de que están puntuando tubos con notas exageradas, así que en eso me concentro. Pillo dos olas rápido y espero la buena. La recompensa llega en forma de tubo y salgo del agua a falta de un minuto para la bocina, convencido de que he hecho lo que tenía que hacer. Y paso segundo.

La cosa empieza a ponerse de película y la gente no da crédito. Muy a mi pesar, a medida que sube el mar dejan de salir izquierdas, y con ellas mi único recurso: los tubos de cara. Al final, todo quedará en mi selección de olas y en que me salga lo que nunca me ha salido aún, todo en 15 minutos. Y como ni me cuadran bien ni me sale nada, pues a la calle. Pero estoy contento. Además, la luz está increíble y tengo mi cámara; ya casi no quedan nubes, el viento le da de cojones y encima me han dicho que en todas partes está fatal. Precisamente esto último multiplica por diez mi satisfacción. Festival de tubos, los hay por todas partes. La visión hacia Barcelona resulta una mezcla entre Huntington (con el espigón ese del petróleo de Badalona) y Jeffreys Bay. Las líneas, ordenadísimas, entran del sur barriendo toda la playa en una cremallera que a veces deja que los finalistas salgan de algún tubo, y prosiguen su camino hacia el norte, donde el viento las machacará. El campeonato acaba pero yo sigo con mi cámara. No doy abasto, quiero fotografiar todas y cada una de las olas que nos manda nuestro (por hoy) queridísimo charco. La última luz púrpura del día me deja algunas de las imágenes más increíbles que he captado con mi cámara, aunque se que quizá sea esta una de las jornadas más fotografiadas de los últimos años en las costas catalanas.

Motivos no faltaron, sobretodo para aquellos que encontramos en la competición un argumento distinto para marcarnos ciertos retos y tratar de superarlos. Quizá otros no sientan esa necesidad. Yo si.

Podéis ver más imágenes en http://picasaweb.google.com/fotosgalano/CircuitCatalDeSurfBadalona#

lunes, 17 de noviembre de 2008

Creer, querer y tener las pelotas para hacerlo

* Este artículo viene a cuento del post que publicó recientemente LuserG en su blog, Mediometrismo. Lo tenía escrito de hace tiempo y he aprovechado la ocasión, ya que viene a ser mi experiencia particular en la cuestión que plantea LuserG.

El surf me tiene el cerebro tan carcomido que me lleva a leerme hasta los códigos legales de cada revista de surf que pillo. Incluso busco siempre el nombre del autor de cada foto, sea buena o mala, cosa que a menudo me lleva un buen rato (Srs. Editores: ¿tan difícil es ubicar el nombre del fotógrafo siempre en un mismo lugar?).

Hace cosa de dos o tres años, durante una de mis búsquedas de firmas, un nombre empezó a hacerse familiar: Víctor González. Con las primeras que vi, flipé. Con las siguientes aluciné y desde entonces le considero el Aichner español, pese a su corta carrera. Pero va y un día me entero de que el chaval es valenciano. –¡No puede ser! ¿Valenciano? ¿Y de dónde ha sacado tamaño talento para la fotografía acuática? ¡Seguro que nació en Valencia pero en realidad ha vivido siempre en el Cantábrico!–. Pues no. Quizá ahora sí resida ahí, aunque ni siquiera creo que viva en ninguna parte, a juzgar por sus fotones en espots tan distantes entre sí que nisiquiera concibo semejante viaje. Y todo así, tan rápido y en cuatro días.

A Víctor no he tenido el placer de conocerle aún, pero espero con ansias ese día. No me cabe duda de que se lo ha currado un montón, no hay otro modo. Pero por encima de todo ha confiado y ha creído que su sueño era posible, aún conociendo los previsibles prejuicios contra los que tendría que luchar por provenir de un mar inanimado. Y este último adjetivo supone un factor determinante. El Mediterráneo no es solamente un lugar en el que escaseen las olas. Este mar te hace sentir a años luz del surf que vemos en revistas y vídeos. En cierto modo hace que te sientas, a la vez, fuera del mundo “real” del surf. Este mar, lo único capaz de hacer es meterte bien adentro ese engorile por el surf, quizá incluso hacer aflorar un talento natural. Pero a partir de ahí, para buscarse un camino profesional en el mundo del surf es necesario, en primer lugar, tener una auto confianza a prueba de bombas. Y en segundo lugar, emigrar a lugares con mayor garantía de olas. Ese paso es impepinable.

Cuando empecé a surfear, aprender era simplemente algo instintivo, no había reglas ni modelos a seguir, solamente algunas fotos que me conseguían amigos y familiares. Recuerdo aún el día en que descubrí que podía permanecer más tiempo sobre la ola si me deslizaba por el brazo, en vez de seguir recto hacia la playa. La primera entubada la tengo enmarcada en la sala principal de mi museo mental. Tablistas, ahora sé que los había, pero por aquel entonces lo normal era compartir el baño con alguna compresa u otros desperdicios aún típicos de las playas barcelonesas.

Ese aislamiento hizo que en su día yo no diera el paso como ha hecho Víctor González. Quizá suene a excusa. De hecho lo es, esa es mi cruz. Pero por aquel entonces en España, a excepción de algunas tiendas y algún que otro shaper, pocos había que vivieran del surf, aunque los había. Yo hubiera querido vivir del surf, cerca de un océano de verdad, pero durante esos años ni siquiera llegué a pensarlo. No era una posibilidad mínimamente razonable. Era simplemente un sueño exótico, una marcianada como pretender sufear un tronchaco como aquél de Laird Hamilton en Teahupoo.

Ahora, ya crecidito y más maduro, veo que quizá sí hubiera sido posible... de habérmelo propuesto. Quién sabe si podría haberle metido caña a Jorge Imbert o a Alfonso Fernández y merecer ahora un sitio en el pico, ¡en un Mundaka bien grande! No obstante, para elevar mi autoestima, conservo bien guardada la sensación de que descubrí el surf llevado por mis propios instintos, en vez de por una urticante moda de masas, pese a tener en contra hasta lo más primordial: las olas. Haber sido uno de los pioneros en surfear estas costas (permitidme el lujo de adjudicarme esa etiqueta compartida) me aporta un cierto orgullo, cierta sensación de triunfo que guardo para mí, aún siendo consciente de que a nadie le importe un pimiento quién fue el primero en surfear en el Mediterráneo. A mis hijas les hablaré de aquel entonces como un momento dulce y sorprendente para mí, en el que pude experimentar lo mismo que el primer polinesio al que se le ocurrió deslizarse sobre una ola, montado en un tronco. Ese es mi premio, aunque yo lo hiciera sobre un pedazo de porexpán y en un mar de juguete.

PD: Gracias Víctor. Me he permitido robarte algunos de tus fotones, que ayudaran a alegrar un poco el tono deprimente del artículo...


martes, 28 de octubre de 2008

Menorca. La cuenta pendiente.

¿Que es surfeable y qué no lo es? A menudo, depende de como te pille. Estando a tres cuartos de hora a pie de ninguna parte, solo, con un Mediterráneo encabritado mostrando las fauces de un bicho vete a saber si aún por desvirgar, sin un alma que pueda siquiera ser testigo de una insensatez como la que se me pasa por la cabeza, pues hombre. De entrada, puñetera gracia.

Menorca me la tiene jugada. Hace años que la frecuento y me debía una, o más. Hartos estamos los que vivimos pendientes del charco mediterráneo viéndola siempre, sea cual sea la dirección del temporal, ahí, bien metidita en el ajo. Y ahí estaba yo esta vez, bien metidito también. Aunque no había caído en la cuenta de que visto desde aquí, desde el ajo, las cosas pintan bien distintas. Mi relativo conocimiento de la isla, más que para garantizarme el surfing, me serviría para ahorrarme algunos kilómetros de frustraciones. A partir de ahí, carta náutica bajo el brazo, carretera, camino y manta.

Levante. Bendito seas. El primer levante de verdad del invierno, aunque tampoco es la panacea. Mar de levante, viento de levante: o sea, a buscar abrigo tras algún cabo, alguna bahía resguardada. De aquí para allí y vuelta para acá, pateando luego lo que quedó por ver entre aquí y allá. La isla no es tan grande, joder, ¡tiene que haber algo! Lo hay, seguro. Lo sé. Hay olas que parecen querer, pero no pueden; otras veces soy yo quien quisiera, pero no me decido. Madrugón tras madrugón, pateadas, saltos de muros y verjas –¡que afición le tienen los menorquines a cerrar caminos!–, al fin encuentro lo perdido. Desde el otro lado de la bahía, un ojo coqueto me mira; se abre, se cierra, desaparece. Y otra vez. Eres mía. Pinta controlable y la salida también, así que pa lagua. Primera cruz en el mapa, la cosa marcha.

Estas ovejas parecen no estar demasiado acostumbradas a la presencia humana, a juzgar por su huída en estampida. A saber lo que habrán visto caer sobre esa lastra las muy borregas. Hoy cielo y mar se funden en un gris oscuro que acojona. Parece que se va a desplomar el firmamento en cualquier momento, aunque al final solo acaba por caer el agua que no ha caído en un año. Me olvido de ese pedazo de pico que tuve el placer de descubrir hace unos cuantos años, pues hoy se muestra más cabrón de lo habitual. De nuevo, lo remoto y arriesgado de la situación, unido a mis responsabilidades terrenales, me llevan a desistir. Ya de vuelta, en un gesto no tanto de esperanza, sino más bien de pura desconfianza mediterránea, echo un vistazo donde no debería haber nada. Pero lo hay: una derecha se arrastra larga, perpendicularmente a lo largo de un pequeño acantilado, dejando atrás la misma playa en la que jugábamos con mis hijas hace dos días. El agua, habitualmente turquesa, se tiñe de un marrón familiar, el mismo que lucen las playas de mi querida Barcelona. Está pequeño, un tablón sería lo suyo, pero el fish me vale. Pa lagua. Con lluvia y viento, yo solo, aquí, en medio de lo que me parece el lugar más increíble de la tierra, vibro. No está perfecto, ni siquiera apetecible para mis estándares habituales, que ya es decir. Pero yo hoy, juro que he sido el más feliz.

El alpinista se fija una cima concreta como objetivo, escogiendo la ruta de ascenso más sugerente. Yo, en cambio, carezco de objetivo conocido, no sé si existe siquiera. A veces me pregunto si esta búsqueda frenética no es más que una vil excusa para encontrarme perdido y sin rumbo. Porque en el proceso, desprendido de todo, me impregno de todo. Niebla y escarcha, tenues luces y contraluces. Silencio. No siento nada y lo siento todo. Ni yo me entiendo, o de tan simple que lo entiendo todo.

A la playa con la familia. Cubos, palas, pelota y ¿tabla? No, para qué. El mar sigue pasado de rosca en el norte, y vamos al sur. Allí el agua muestra un azul turquesa que ni Fidel conoce en su sometida Cuba. El mar está tieso tieso, a excepción de unas leves líneas que marchan lentas hasta alcanzar cierto punto crítico, donde se precipitan dulcemente sobre sí mismas formando perfectos cilindros de cristal con más matices de azul de los que en realidad existen. ¿A santo de qué vienen estas líneas? El caso es que vienen. Que por si no me acordaba, estoy en el Mediterrráneo y de esto va el cuento. O sea que pa casa: coje la tabla, vuelta a la playa, pa lagua. Aunque de tamaño muy escaso, son auténticas golosinas. Ese azul, esas transparencias de escándalo, me han quedado grabados en la retina.

Vuelta al salto de vallas, hasta un poco más lejos esta vez ya que voy sin bártulos. Hoy las ovejas ni se han inmutado. Quizá sean las mismas del otro día que me han reconocido, que se han venido a ver otro espectáculo. Por mi parte, ni idea de que existiera este sitio. No doy abasto. Una lastra canaria parece que se ha desprendido de su tierra natal y ha acabado por embarrancar en un extremo de esta preciosa bahía. Una izquierda brutal, agresiva y muy seca ella. Y no está sola. Otra izquierda, esta más tranquila, aunque quizá más grande. Al otro lado, una derecha, y parece larga. ¿Es posible? Lo sería si estuviera en Irlanda, pero no: esto es Menorca. La Menorca que yo intuía y no encontraba. ¿Dije que puñetera gracia? ¿Acaso no es esto lo que soñaba encontrar? Simplemente con verlo me es más que suficiente. Más de lo que había venido a buscar. Estoy tranquilo, Menorca, quedamos en paz.

By RedFish

domingo, 19 de octubre de 2008

Pequeñas pero esenciales cosas del surf

No lo soporto más. Juro no volver a leer otro más de esos típicos artículos que vienen en toda revista de este mundillo, en los que el autor se pone a ensalzar las otras bellezas de nuestro ecológico deporte acuático.

Que si el surf empieza con esos primeros rayos dorados de sol sobre los montes, iluminando mágicamente miles de gotitas llevadas por la brisa mañanera. O que si el placer de pisar la hierba mojada, mientras corres por aquel sendero secreto para encontrarte con esa cala solitaria, acompañado por ovejitas pastando y un delfín juguetón para compartir la sesión.

Resulta insultante, al menos para un surfer urbano como yo. ¿Urbano? No solamente urbano, sino residente en una de las costas con más ladrillo por metro cuadrado de Europa, y da la sensación que de todo el mundo. Eso no significa otra cosa que, para ver algo verde, me tengo que meter en una verdulería. Y que para que los primeros rayos matutinos me cieguen los ojos alguien tiene que haberse llevado primero la contaminación barcelonesa a otra parte. ¿Y qué hay del frescor que siente uno en la planta de los pies, no a causa de la hierba amablemente escarchada, sino debido al perpetuo e inerte cemento? ¿Y ese olor a petróleo y aceite que me impide pegarme un desayuno como Dios manda antes de meterme al agua, si no quiero potar hasta la última gota de mis queridos jugos gástricos?

Joder. Ya se que las Mentawaii existen y que en este preciso instante hay como cuatro millones de olas rompiendo perfectas y solitarias por todo el planeta. Me ha costado veinte años aprender a no enloquecer pensando en ello y a no martirizarme por haber nacido frente a un aburrido charco. Lo que ya es el colmo es que cada dos por tres, y con lo consumidor compulsivo de revistas que soy, cual metadona al yonki, alguien me recuerde que debo aprender a valorar esas pequeñas cosas cotidianas que nos rodean. Porque al menos a mi, no me rodean, más bien me quedan lejos. Muy lejos. Para ser exactos me quedan en el Cantábrico, a siete horas de casa. Y qué casualidad que justo ahí, donde piso la hierba mojada nada más bajar del coche y donde un suave offshore matutino me trae los aromas del monte, hay un izquierdón que espera, perfecto, a que algún catalán lo desvirgue.

Para mí, esas otras cosas son LAS cosas del surf. Es el surf en sí mismo. Y el que no se haya dado cuenta aún o no lo valore lo suficiente, me podría ir haciendo el favor de salirse del pico e irse a jugar al futbolín del pueblo, donde seguro se lo pasará mejor. Ya le pagaré yo una caña, o dos si consigo hacerme con la ola del día.

sábado, 18 de octubre de 2008

El otro surf

Este artículo salió publicado en un número de la revista Cutback.
Un proyecto frustrado de colaboración que por desgracia acabó en nada.

No son pocas las veces que, en el transcurso de una sesión en mi querido Mediterráneo, me sorprendo diciendo para mí –esto no es más que un sucedáneo del surf–. También suelo decírmelo tras haberme pasado unas buenas horas delante del ordenador, tratando de averiguar cuándo el periodo de la marejada (si es que se le puede llamar así) que nos azota rebasará la, para nosotros, mítica barrera de los seis segundos como quien espera que rompa Belharra.

El surf hoy ha alcanzado unas cotas de popularidad en todo el mundo que roza lo ridículo. El exagerado número de practicantes que encontramos hoy en las costas barcelonesas resulta esperpéntico, especialmente teniendo en cuenta las pésimas condiciones que nos brinda este rincón del charco, peores aún que en las Baleares, Cerdeña o Italia. Aunque para esos tipos que se dedican a surfear olas provocadas por superpetroleros en Texas, el Medi debe ser algo así como las Mentawaii. Por no hablar de mi amigo Doug que vive en la península de Green Bay, Lake Michigan, donde asegura que hay un point de izquierdas que puede aguantar lo que le echen, aunque no lo ha visto nunca con más de medio metrillo. Incluso yo mismo he visto romper algún tubito en un lago del Pirineo a más de 2.000 m. de altura, y estoy seguro que con un tablón sería incluso surfeable. No descarto algún día calzarme las trekking, atarme la tabla a la mochila y tirar pal monte a catar el espot, con el mismo espíritu explorador que llevó a Kevin Naughton en busca de nuevas olas en las costas remotas de Sierra Leone o Liberia, allá los setenta.

Esto no es el Medi, pero como si lo fuera...

¿Puede el mero hecho de deslizarse sobre una ondulación líquida ser considerado como surf? Yo digo que sí, rotundamente sí. Es surf porque cuando me deslizo sobre una ola me siento vivo. Simplemente por eso, que no es poco. En una playa contaminada de la Barceloneta o en el último rincón de Sumba, me siento igual de vivo. Pocas cosas en la vida son capaces de provocarme ese sentimiento, menos aún de forma tan inmediata y mecánica. Me meto en el agua y tras la primera ola, ese anhelado sentimiento me embarga las entrañas. Y me importa un carajo si las olas las ha provocado un tormentón a doscientos metros de la costa, un barco de la Trasmediterránea o el pedo de un siciliano. Y como yo, supongo que todos los mencionados nos sentimos igual de vivos aunque, también aquí, algunos malinterpreten ese subidón vital cual revelación divina, o satánica, autoproclamándose amos del pico y defendiéndolo a gruñidos y ladridos. Otro punto en común para llamarnos surfers. Convencido estoy que alguno de esos tejanos habrá reinventado el localismo haciéndose amo y señor de toda ondulación provocada por el petrolero Prince of Bush (imaginando un nombre más que probable), rumbo a la refinería.

Vale, si, ok... pero cuando cuadra, qué ¿eh?

Luego viene el mono, y en esto superamos a cualquiera. Parece que algunos llevamos un gen que nos hace sentirnos irremediablemente atraídos hacia lo escaso y lo raro. No logro comprenderlo. ¡Con la de malos rollos que me hubiera ahorrado yo y mi familia de haberme atraído el fútbol, como lo hacen sopotocientos millones en todo el mundo! Y encima, el día que está bueno, no está lo suficiente grande, o el banco podría estar mejor formado o, ya puestos, en vez de arena podría haber coral. Y para colmo de males, va y el siciliano aquel se tira el pedo dirección Baleares y el consecuente oleaje pasa frente a nuestras narices, rumbo sur. También el otro surf tiene eso, y es que no se puede tener todo. Ni en el Mediterráneo, ni en el Cantábrico, ni en el lago Michigan.

viernes, 17 de octubre de 2008

Otro blog surfero más. ¿A alguien le importa?

Seguramente muchos de vosotros no me conoceréis. La mayoría, supongo. Quizá me hayáis visto algún baño en la Caleta de Montgat, bien pegadito al espigón, con mi fish rojo. Soy el mismo que hasta hace cuatro años andaba gorreando olas con un bodyboard, normalmente a dropknee, en cualquier pico que rompiera con algo de fuerza entre Segur de Calafell i la Costa Brava. Vamos, que en cualquier parte.

Actualmente mi radio de acción excluye todo lo que quede entre Badalona y Segur de Calafell. En efecto, para mí, Barcelona ya no existe. La depresión que me causa el teatro-fashion que se está montando allí no merece la pena; ni que te rebienten el coche a los 5 min de meterte al agua, o que te vacíen la cartera en el parquing.
Ahora el corcho forma parte de un quiver más amplio. Desde hace cuatro años ando en tabla, como consecuencia de una depresión causada por olas huecas y fuertes. Si no dejé el surf fué gracias a la hidrodinamica y a la física. En otras palabras: le pedí a Tincho Asarián que me hiciera una tabla muy concreta, ancha y gorda, "más de lo que nunca hayas hecho" le dije. Y la cosa acabó en un twinfish 5'10" muy retro. Y empecé a disfrutar de nuevo como un niño, como en mi primer día. Entraba con todo, lo pillaba todo por pequeño que fuera, y me reenganché. Pronto me veréis también los días en los que no hay nada, ya que he recuperado el manual de hidrodinámica y he concluído que con un portaviones 9'4" ya no me va a sacar del agua ni la patrullera.

Lo del blog... pues, a parte de porque me da la gana, me viene a cuento porque me he dado cuenta de que son ya 20 los años remojándome en mi queridodiado charco. 20 años que, sigo sin comprender el porqué, no han conseguido quitarme el mal vicio de surfear. Si, muy mal vicio, aunque con el paso de los años bien llevado, menos mal.

La esperanza es lo último que se pierde. Foto cedida por Norman Perdigó (es sin duda la secuencia de fotos más increíble, memorable y emotiva que me han hecho nunca. Gràcies Norman!).

Digo mal vicio porque fué motivo de crisis familiares de gran calibre, matrimoniales también; de campanas y cambios de planes injustificables; de montones de mentiras ruines y el causante de mi total pavor al compromiso. Todo por el surf y por un Mediterráneo que no regala nada. Más bien todo lo contrario. Todo por unos escasos momentos de algo que lamentablemente no he logrado encontrar en ninguna otra actividad. Como mínimo, no con esas dosis de pureza que proporciona deslizarse por una maldita ondulación líquida. Ni asfalto, ni nieve, ni aire, que vienen a ser para el surfer como la metadona al yonky. Por lo visto solo me vale lo líquido, y encima salado, que ya podría haber sido dulce.

Para colmo no me enganché por ninguna moda, aún tendría explicación mi caso. No, lo mío venía en los genes, lo tengo claro. No había otra. El día que coincidí con otros chalaos haciendo lo mismo que yo en la playa les di una alegría mayúscula a mis padres. Y descartaron el manicomio.

El tamaño no importa. Foto: Steph

¿Porqué el surf? ¿Porqué aquí, en el Mediterráneo? ¿Y porqué justo aquí, en la costa catalana, seguramente la peor orientación de todo el maldito charco?

Pero no, no he acabado por cortarme las venas, ni voy a hacerlo ahora. Me costó, pero acabé por aceptar la realidad e intentar conceder al surf un lugar justo en mi vida. Lo bastante presente como para no caer en un permanente estado de apatía y autoabandono, pero lo suficientemente ausente como para que la frustración constante no me despierte alguna tendencia suicida. Ése es mi logro: haber encontrado un estante en mi desordenado cerebro en el que archivar mi espina del surf.

Bien venidos a Líneas desde el charco.

Sergi Galanó, RedFish