lunes, 17 de noviembre de 2008

Creer, querer y tener las pelotas para hacerlo

* Este artículo viene a cuento del post que publicó recientemente LuserG en su blog, Mediometrismo. Lo tenía escrito de hace tiempo y he aprovechado la ocasión, ya que viene a ser mi experiencia particular en la cuestión que plantea LuserG.

El surf me tiene el cerebro tan carcomido que me lleva a leerme hasta los códigos legales de cada revista de surf que pillo. Incluso busco siempre el nombre del autor de cada foto, sea buena o mala, cosa que a menudo me lleva un buen rato (Srs. Editores: ¿tan difícil es ubicar el nombre del fotógrafo siempre en un mismo lugar?).

Hace cosa de dos o tres años, durante una de mis búsquedas de firmas, un nombre empezó a hacerse familiar: Víctor González. Con las primeras que vi, flipé. Con las siguientes aluciné y desde entonces le considero el Aichner español, pese a su corta carrera. Pero va y un día me entero de que el chaval es valenciano. –¡No puede ser! ¿Valenciano? ¿Y de dónde ha sacado tamaño talento para la fotografía acuática? ¡Seguro que nació en Valencia pero en realidad ha vivido siempre en el Cantábrico!–. Pues no. Quizá ahora sí resida ahí, aunque ni siquiera creo que viva en ninguna parte, a juzgar por sus fotones en espots tan distantes entre sí que nisiquiera concibo semejante viaje. Y todo así, tan rápido y en cuatro días.

A Víctor no he tenido el placer de conocerle aún, pero espero con ansias ese día. No me cabe duda de que se lo ha currado un montón, no hay otro modo. Pero por encima de todo ha confiado y ha creído que su sueño era posible, aún conociendo los previsibles prejuicios contra los que tendría que luchar por provenir de un mar inanimado. Y este último adjetivo supone un factor determinante. El Mediterráneo no es solamente un lugar en el que escaseen las olas. Este mar te hace sentir a años luz del surf que vemos en revistas y vídeos. En cierto modo hace que te sientas, a la vez, fuera del mundo “real” del surf. Este mar, lo único capaz de hacer es meterte bien adentro ese engorile por el surf, quizá incluso hacer aflorar un talento natural. Pero a partir de ahí, para buscarse un camino profesional en el mundo del surf es necesario, en primer lugar, tener una auto confianza a prueba de bombas. Y en segundo lugar, emigrar a lugares con mayor garantía de olas. Ese paso es impepinable.

Cuando empecé a surfear, aprender era simplemente algo instintivo, no había reglas ni modelos a seguir, solamente algunas fotos que me conseguían amigos y familiares. Recuerdo aún el día en que descubrí que podía permanecer más tiempo sobre la ola si me deslizaba por el brazo, en vez de seguir recto hacia la playa. La primera entubada la tengo enmarcada en la sala principal de mi museo mental. Tablistas, ahora sé que los había, pero por aquel entonces lo normal era compartir el baño con alguna compresa u otros desperdicios aún típicos de las playas barcelonesas.

Ese aislamiento hizo que en su día yo no diera el paso como ha hecho Víctor González. Quizá suene a excusa. De hecho lo es, esa es mi cruz. Pero por aquel entonces en España, a excepción de algunas tiendas y algún que otro shaper, pocos había que vivieran del surf, aunque los había. Yo hubiera querido vivir del surf, cerca de un océano de verdad, pero durante esos años ni siquiera llegué a pensarlo. No era una posibilidad mínimamente razonable. Era simplemente un sueño exótico, una marcianada como pretender sufear un tronchaco como aquél de Laird Hamilton en Teahupoo.

Ahora, ya crecidito y más maduro, veo que quizá sí hubiera sido posible... de habérmelo propuesto. Quién sabe si podría haberle metido caña a Jorge Imbert o a Alfonso Fernández y merecer ahora un sitio en el pico, ¡en un Mundaka bien grande! No obstante, para elevar mi autoestima, conservo bien guardada la sensación de que descubrí el surf llevado por mis propios instintos, en vez de por una urticante moda de masas, pese a tener en contra hasta lo más primordial: las olas. Haber sido uno de los pioneros en surfear estas costas (permitidme el lujo de adjudicarme esa etiqueta compartida) me aporta un cierto orgullo, cierta sensación de triunfo que guardo para mí, aún siendo consciente de que a nadie le importe un pimiento quién fue el primero en surfear en el Mediterráneo. A mis hijas les hablaré de aquel entonces como un momento dulce y sorprendente para mí, en el que pude experimentar lo mismo que el primer polinesio al que se le ocurrió deslizarse sobre una ola, montado en un tronco. Ese es mi premio, aunque yo lo hiciera sobre un pedazo de porexpán y en un mar de juguete.

PD: Gracias Víctor. Me he permitido robarte algunos de tus fotones, que ayudaran a alegrar un poco el tono deprimente del artículo...